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| Ilustración María Ximena Carreira |
Llegó a la casa de los Gil, con sólo un mes. Ahí nomás le dieron mamadera. Horacio y Mabel - los padres de Flor - se levantaban cada tres horas con su llanto como despertador. Mabel lo acunaba por las noches y Horacio le cantaba canciones, le contaba el cuento de la buena pipa y le leía las Las mil y una noches. Perro culto si los hay.
Dormía en una cama al lado de Flor, le ponían pijama y en vez de lavarse los dientes le daban de postre una manzana (porque dicen que comer manzana te limpia los dientes).
Por las noches tenía su plato al lado de Horacio. Mirá que lo intentaron, sin embargo López siempre se resistió al uso de cubiertos. Lo bañaban con champú, le desenredaban el pelo, le secaban los rulos con secador, lo perfumaban y le colgaban una corbatita hecha a medida.
López, todo un señor, salía de paseo con collar, de puro coqueto, porque andaba sin correa, siempre al lado de Horacio.
López estaba gordo, a pesar de la comida dietética, la zanahoria cruda y el pollo hervido. Tampoco habían logrado que levantara pesas o hiciera abdominales, porque López tenía su carácter.
¿Que hacía López en todo el día? Miraba la novela al lado de Mabel, se levantaba cada tres horas para dar una vuelta en redondo y volvía a echarse en el almohadón azul dispuesto para él.
Para Mabel era una buena compañía, con Flor en la escuela todo el día y Horacio en el trabajo. Por ahí Mabel le decía:
-¿Viste López lo que dicen de Pamela? ¡No es verdad! Es una chica respetable, de su casa...
López levantaba sus ojos cansinos como asintiendo. O eso entendía Mabel.
Cuando llegaba Flor de la escuela llamaba a López.
- ¡López! ¡Vení a ayudarme con la tarea!
Aunque era pésimo con las tablas de multiplicar.
Y cuando llegaba Horacio, le decía:
- ¡Venga amigo! Acompáñeme a comprar el pan para la cena. Y allí iba López con la bolsa del mercado en la boca.
También se resistió a levantar sus necesidades. A veces, si había tierra, tapaba la cuestión sacudiendo las patas para atrás, pero por las dudas, todos llevaban su bolsita, como debe ser, para no andar dejando tirada por ahí tanta intimidad.
Así, la vida de López. Un perro casi humano. López era humano, todo lo humano que un perro puede ser. ¡Si hasta había aprendido a decir "mamá"! De eso estaba absolutamente convencida Mabel, aunque a la mayoría de la gente le sonaba bastante parecido a un ladrido de perro. Algo como "guau".
Todo andaba de maravillas en la casa de los Gil, la vida se deslizaba sobre patines en la pista de eso que llaman "lo cotidiano", pero pasó que un día López, salió como siempre en busca del pan y apareció Cartucho, el perro de un nuevo vecino. Hasta ese momento, López, ni enterado de su existencia. Cartucho se lo quiso comer y un poco se lo comió, sobre todo una oreja, pero por arte de magia, después de masticarlo un poco lo dejó ir.
A causa de esto, López estuvo medicado, no sólo por la lastimadura, sino también por los ataques de pánico que empezó a tener. El veterinario era ya como de la familia de tanta y tanta visita.
Con el tiempo López se fue recuperando y empezó a salir otra vez. Porque López era un perro digno y su hombría herida (¿o cómo decir? ¿perría?) lo animó.
López pensaba que un perro tan qualunque como Cartucho, no podía amedrentarlo. Y trazó un plan, una estrategia para averiguar cómo Cartucho, tan desaliñado y sucio podía ser tan... ¡tan perro!.
Entonces, cada vez que salía de compras, pasaba ante la reja de Cartucho y lo miraba de reojo, lo estudiaba. Cartucho no tenía frazada en el lomo. Ni siquiera cucha tenía. Dormía a la intemperie, en verano e invierno. ¡Ni hablar de bañarse! El olor de Cartucho en los días de humedad podía voltear a un elefante. No tenía collar ni plato de comida. Se lo veía bastante bien, en forma, musculoso.
Cada tanto por la ventana de la cocina, lo veía correr a lo loco. Cartucho les ganaba a todos. Detrás de la reja podía pegar saltos de más de un metro, mostrándoles los dientes a sus contrincantes. Una vez lo encontró en la plaza, nadando en la fuente y cazando palomas. Cartucho... tan perro...
López pensaba: ¿Qué más quiero que mi cama caliente y mi comida asegurada?
¿Que comería Cartucho? López lo descubrió, mirando como siempre de reojo: carne cruda. ¡Qué asco! López nunca la había probado.
Un día se enteró de que Cartucho tenía novia (una linda perra) y sin lugar a dudas, una vida de perros.
López dejó de comer, se negaba a bañarse y a salir de compras. Ya no se sentaba al lado de Mabel frente al televisor. Durante horas, miraba a Cartucho desde la ventana.
Pasó el tiempo, pero López estaba cada vez peor. El caso se volvió inmanejable y el veterinario recomendó vacaciones. Los Gil montaron a López en el auto y partieron rumbo a la costa. En el viaje se lo vio un poco más animado, sacaba la cabeza por la ventanilla dejando flamear la lengua al viento, y empezó a ladrar. Bueno, no podemos decir ¡guau qué ladrido!... pero, con ganas.
Cuando López pisó la playa, enloqueció. Empezó a correr, desencajado. Corrió y corrió bajo un cielo de gaviotas. Y nunca más paró.
Jamás supimos que fue de la vida de López, pero sin lugar a dudas, dejó de ser un Gil.

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