Olivia y el violín

(Cuento corto)

Ilustración Paula Rusquellas
Olivia tiene un violín. Quiere tocar el violín. Lo que más quiere en esta vida es tocar el violín.
Ella sabe, que los violines pueden saltar, gritar, mascullar, quejarse, cantar bajito y hasta zapatear. Sabe, que a veces, un violín, puede volverla hacia adentro, a un paisaje que nunca siquiera vio en sueños.

Que hay un sonido, simple y profundo, que puede partirle el corazón como una lanza.
Y otro, que la pone a llorar, con lágrimas de ésas que estallan cuando ya no caben en los ojos.También sabe, que hay cierto sonido, que de solo escucharlo la vuelve mejor y se siente más buena.
Por eso, todos los días, Olivia toma el violín y le cuenta todo lo que de él espera. Pero el violín está dormido. Cuando Olivia pasa el arco por sus cuerdas, el violín se queja, tose un poco y después ronca. Todos los días, todo el día, ronca y ronca.
Olivia le explica, le pide, lo pone en vereda. Pero el violín, no entiende palabras ni razones, solo entiende de ronquidos.
Con el arco lo percute. El violín se ahoga,  ronca más fuerte y no despierta.
Pasan soles y lunas. Menguantes, crecientes, nuevas. El violín roncando y Olivia a punto de darse por vencida.
Hasta que un día, toma el arco, y sin pensar, roza apenas sus cuerdas con el arco, y le canta con su mano una canción que no se escucha. Lo hace bailar en sus brazos, lo siente latir entre sus dedos. Y hay lanzas y fuegos,  noches y gritos, risas, gemidos, sonidos de agua y de selva, hasta que nace un tiempo distinto, en el que ella es su violín, y su violín es ella.
Todavía, de noche, el violín ronca bajito.
Olivia lo deja dormir, para que tenga un sueño tranquilo y profundo, antes que despierte.